Autor: Volskiervers Fuente: http://www.polseguera.com/writers/writing-897_bajito-uno-sesenta.html Bajito, uno sesenta Conrado es una persona que se encuentra en unas condiciones desfavorables, vive en la mendicidad; con un indumento maloliente andrajoso que también en su persona..., dejadez. Este señor vive o trata de vivir en la calle, cerca de una plazoleta integrada en un parque, un buen lugar ese parque recinto con árboles y un estanque. Vive concretamente en el hueco que hay en una pared de una obra, una obra de esas que están paralizadas...sin actividad humana arquitecto obrera. En ese hueco él tiene un colchón, que a buen seguro encontraría también en la calle, tal vez apoyado en una vieja pared, o tirado sobre el polvoriento pavimento. Tras el colchón mugriento esconde una o dos mantas también sucias, muy sucias,.. Asco sucias. Conrado siempre lleva encima sus ropajes, los ropajes de todo el año, debido a que no tiene una casa con armarios y estantes para dejar la ropa bien doblada después de un "qué bien huele la ropa después de la colada"; eso en él, hace ya tiempo, mucho tiempo, que no se da. ¡El acto permanente de llevar encima su ropaje...! Lo hace así para no extraviarla, ni para tener mayores preocupaciones de las que ya tiene. En el pasado, cuando usaba corbata y disponía de vivienda sí podía permitirse disponer de todo ello bien colocado y limpio, pero ya no, aquello se acabó. Su aspecto es algo extraño que resulta ser entre una verdadera extravagancia y el recuerdo de un garabato expuesto en alguna fachada tiempo y tiempo abandonada. El señor Conrado es delgado, mas bien bajo, no llega al metro sesenta de estatura, y también parece individuo grueso, por los ropajes que lleva puestos encima, que le proporcionan un aspecto artificial, inflado, aparatoso, extraño, llamativo... Al verlo deambular por la vía pública parece una especie de globo aerostático andante, que procura no alejarse demasiado de su colchón, que es su sede central y existencial, para él es como un punto neurálgico. Su rutina debe diseñarse lo más cerca posible del colchón, un colchón con manchas negruzcas que ya estarían en esa repelente superficie en la que al raso duerme, y valdría exclamar ¡Qué asco! Él no haría tal reclamación ni exclamación, pero sí la ciudadanía viandante por allí cerca, y además tal expresión se haría en silencio voz baja. Pero para ello es necesario que alguien se digne a mirar al señor Conrado, y su deplorable estado. E incluso si se diese el caso, de aguantarle la mirada, porque es muy fácil despotricar de alguien, sí, pero en tal contexto..., ¿mirándole a la cara? Su baja estatura y esa desmedida hinchazón textil que sobrecoge a las criaturas que salen de la escuela hacen de él un personaje extraño, hacen de él un personaje grotesco, difícil de catalogar. Tal vez en alguna de esas ferias de tiempos pasados en las que se ejercía la burla más o menos encubierta..., quizá ahí sí hubiese tenido buena acogida...¡nunca se sabrá! Conrado, en verano, no atiende al calor de la ciudad húmeda en la que aguanta y sobrevive. Las altas y asfixiantes temperaturas las ignora, debe ignorarlas porque la necesidad le obliga llevar toda esa ropa encima, la necesitará en invierno y no tiene ese armario donde colocarla bien doblada. Él mismo hace de armario, él hace de estantería para el indumento siempre sucio mal oliente, y eso crece a diario. Quizás sea perjudicial para las células del organismo el hecho de someterlas a tanta presión térmica… tal vez; pero….¿qué sabrá él de esas cuestiones relacionadas con la salud? ¿Será un señor con formación universitaria o profesional? Quizá sea una persona enajenada. Quizá, Conrado, sea una persona desquiciada. Quizá se considere un fracasado que no reflexiona en ello, quizá haya desistido en cambiar de vida, quizá, o tal vez no sea así, quizá su mente esté para otras cuestiones como por ejemplo tener vigilado su colchón y para él lo demás sean nimiedades. Conrado tiene muy mala relación con los grifos, salvo para rebajar la sed..., no tiene ninguna relación con esos surtidores de agua, ni con el agua limpia que lava, él no se pone a disposición de la higiene, ni a nivel de piel ni a nivel de sus ropajes, su atuendo siempre va cargado de todo tipo de... Su vestimenta es nido de lo que allí se parasita; ha de ser así por las condiciones en que vive. También tiene muy mala relación con la nutrición adecuada y saludable; y también con los cepillos de dientes y el bicarbonato para cepillarse los dientes, en caso de tenerlos, aunque no se sabe en qué estado estará su dentadura, y se sobreentiende que tampoco hace uso de los platos de ducha y las toallas limpias. A él esas necesidades no le constan. ¿Jabón lagarto pastilla? Para él son aspectos de la vida que no asume, no se plantea. La mendicidad y marginación lo privan de conversaciones interesantes, de esas que nos exigen escuchar, aprender con la escucha, sin interrumpir en demasía a la persona a la que se escucha. La única manera que tendría Conrado de acceder a una biblioteca con un mínimo de discreción y aceptabilidad sería si…al menos, se sometiera a una ducha y a una lavandería... pero eso no va a suceder. Mejor descartarlo. ¿Se imagina usted a Conrado subordinarse voluntariamente y de buen grado a los efectos de una ducha? Dos o tres días a la semana se allega a la parte de atrás de un establecimiento de comida para llevar, y le dan "tenga usted" sobrantes le dan. Este señor, con regularidad, se mete en un contenedor cualquiera aun su estatura, contenedor de basura, y busca. Sale de uno y se mete en otro, lo hace sin prisa. En el transcurso de sus horas. A veces lo hace para ver si hay algo interesante. En ocasiones no tiene más remedio que alejarse de su sede central: el colchón en el hueco de la pared. Conrado no habla con nadie. No se comunica, no entabla verbo vínculos. Quizá sea por desprecio a sí mismo o a las demás personas, quizá también sea por dejadez. Este comportamiento de incomunicarse podría afectarle, aunque no se sabe a ciencia cierta. Podría afectarle en el supuesto de que la comunicación sea una especie de "musculatura" a utilizar, y de no ser así se podría atrofiar, afectar quizá a la propia integridad o salud mental o a la ética y moral, quizá; quizá su incomunicación sea también por los niveles demasiado bajos de autoestima, esa mínima y esencial autoestima que no se despilfarra en la búsqueda de elogios ni de descalificaciones; hay seres humanos que buscan desprecio, elogio...Hay seres humanos que comunican ideas o hechos o decisiones..., comunican cosas sin fuste alguno, hablan y hablan por hablar... A Conrado, eso es muy difícil que le ocurra...pero nunca se sabe. A la joven del establecimiento donde le dan ese tipo de comida, a esa joven, la saluda con una sonrisa automática y algún monosílabo o expresión corta. La joven no puede acercarse demasiado a él por el freno que supone su pestilente olor corporal y textil. Al señor Conrado le han ofrecido..., le ofrecieron... una alternativa mediante una organización no gubernamental y según se cuenta estaba dirigida, sustentada, supeditada, conservada y guionizada por una iglesia de ideología extremista, y él, esa oportunidad, la rechazó. Un vecino, que un poco a escondidas da comida a las palomas, a veces habla algo, poca cosa habla con él, siempre y cuando Conrado haya ingerido alcohol en envase de cartón, ese alcohol que venden en el supermercado y es barato, barato significa, a estos efectos, que de una moneda te dan cambio. La otra tarde, se supo por mediación del alimentador de palomas, que si Conrado hubiese aceptado ese trato con esa organización eclesial y extremista hubiese sido como "pactar con el diablo", según las propias palabras de Conrado. Los días de lluvia, el indigente Conrado, se guarece en la entrada de un garaje que está justo delante de donde tiene su colchón, un garaje en un edificio de tres plantas, del que a veces sale una señora con cara de limusina y que a él lo mira con desprecio, pero sin pararse. Lo mira con algo de repelús. Hay seres humanos que necesitan despreciar, sentir desprecio a según quien en determinadas condiciones se encuentre. A veces, el señor Conrado, si por algún motivo experimenta alguna revuelta o enaltecimiento recto intestinal digno de letrina, se va como correteando al parque cercano y tras unos arbusto se acuclilla para perpetrar evacuación o expulsión de conocidas sustancias residuales, que tanto interesan a los laboratorios para realizar analíticas. Uno de los problemas reside en que por el lugar de los hechos y desechos donde Conrado se baja los pantalones y se acuclilla, puede haber algún operario de parques y jardines ganándose el jornal…, Conrado sabe que no está bien ponerse de cuclillas con determinados testigos o compañías, o sea, que tiene otros lugares para tales posturas de repentina necesidad. ¡¿El señor Conrado utilizar papel higiénico?! A veces, al señor Conrado se le ha visto echado en un banco, dormitando, en el mobiliario urbano del parque cercano al hueco de la obra. Pasaron las semanas, y una mañana el señor vecino que iba a dar de comer a las palomas advirtió un coche de policía y una ambulancia y un furgón para trasladar cadáveres…, vio que el personal cualificado rodeaba un banco sobre el cual había alguien muy probablemente con destino a sepultura. Al cabo de poco más de cincuenta y seis minutos, en ese banco ya no había nadie; y el único vecino que alguna vez había hablado con él algunas palabras pocas fuesen, se acercó, y pudo ver bajo el banco, junto a la cuidada vegetación una estropeada novela de bolsillo, de aquellas tan supuestamente denostadas, difamadas; era una novelita delgadita, de bolsillo, del oeste, y había un nombre escrito en la parte superior cerca del título. Un nombre escrito a bolígrafo, medio borrado por el tiempo y el trasiego, en la portada descolorida y desgastada que acoge el ilustrado título de presentación, y con algunas rayas de doblez y de cientos miles de veces usada. Se leía un nombre… Conrado. Difícil de leer, escrito estaba. Se podía ver.... ….aunque no muy bien.