Autor: Volskiervers

Fuente: http://www.polseguera.com/writers/writing-872_que-asco.html


¡Qué asco!

Es la encargada de la empresa de reparto de notificaciones a domicilio. Y esta joven de treinta y pocos cumpleaños no soporta al señor Arturo, el empleado, uno, el veterano.

Arturo trabaja en la empresa desde que ella era una niña.

Empleado de confianza del padre de Anita, el señor Martín, que vive parcialmente retirado, con los pies en casa y la mente en el despacho el trabajo pues algo nostálgico.

La empresa va bien, no hay quejas, y hay mucha eficiencia y diligencia, en buena parte gracias a Arturo.

Pero en realidad para Anita este señor representa un...pues esta joven, para determinados aspectos de la vida es intolerante, es exigente.

Este trabajador, en verano suda mucho ello significa que la camisa la lleva mojada, y a Anita le provoca asco.

No lo soporta, ya procura ella que Arturo no haya de acudir a las oficinas, lo quiere en la calle que le dé el aire.

Lo quiere de reparto y entrega, lejos, sobretodo lejos de ella.

Además, la camisa lleva el logo de la empresa, logo de tamaño algo mayor que una tarjeta comercial de presentación.

Desde la ventana del despacho de Anita se atisba cerca un parque con buenos arboles y sombras. Buen lugar para desconectar, lugar en el que las demás personas de la empresa, tanto quienes reparten como quienes permanecen en la oficina acuden a formalizar un receso, a veces... incluso con café, chocolate también. Todo ello de la máquina ubicada en la recepción de la empresa.

Arturo, en verano, cada vez que puede, se detiene unos pocos minutos en el recinto parque allí queda. Como para desconectar, y sin remilgos se quita la camina y de su cartera de trabajo extrae una pequeña toalla y se seca el sudor, como haría cualquier persona que juegue en verano a tenis. Y mientras así hace se dice a sí mismo con naturalidad: “¡Uf, qué calor!”

Levanta los brazos, con la toalla se seca las axilas, lo mismo el rostro, y alrededor del cuello...y lo hace sin demasiada prisa.

Anita, con frecuencia contempla la escena desde su ventana y no lo soporta, comprime el rostro, algo parecido a saborear un limón, para ella un asunto muy agrio.

No soporta ella a ese hombre, en invierno se le hace más llevadero, pero en verano le resulta complicado.

Qué eficiente es el señor Arturo, barrios conflictivos a los que nadie quiere ir, él va, y a Anita la deja en muy buen lugar.

Ella incapaz de reconocer ese tan difícil trasiego laboral y que disponga de Arturo para llevarlo a cabo, y aunque sea discretamente sin reconocimiento alguno.

Con frecuencia la joven empresaria dice:

“Begoña, mira qué día se jubila Arturo.”

“Sí jefa, ahora mismo”.

Se oye un tecleo con dedos delgados y uñas rojizas largas, y en pantalla aparece lo que propicia una respuesta:

“Aún queda, jefa”.

Luego se oye un susurro: procedente de Anita: “Qué ganas tengo de que se jubile”.

Anita sigue ante la ventana, y dice en voz baja, mientras vigila al eficaz trabajador: “Venga, venga, ponte la camisa de una vez y sigue con el reparto... Que me dejas en ridículo ante el barrio”.Y lo dice con asombrosa seguridad, como si estuviese segura de ello, de lo que afirma se corresponde con la realidad.

El hombre ya se ha recompuesto del agobiante calor versus eficaz trabajo..., se ha colocado la camisa que aún está mojada por la sudoración, y sigue su camino urbano en busca de domicilios y señas personales y así realizar las pertinentes entregas.

¡Qué buen trabajador, ni una queja, buena eficacia, pero muy poco reconocida y valorada!

Los meses se sucedían y Anita de vez en cuando: “Begoña, ¿cuando se jubila Arturo?”

 

Anita, cada vez que Arturo, que por cierto, rara vez lo hace, se toma una jornada o unas horas para asuntos personales, se convierte en una empresaria feliz, sí, pero..., nadie se atreve a ir a barrios conflictivos, nadie. Pero hay una excepción, y se llama Arturo.

Así que a esta empresaria le duele reconocer que necesita al repartidor, lo que para ella es un dilema, una resignación que debe asumir.

 

Ha pasado ya el tiempo, y Arturo, precisamente el día que una avería en el transporte público lo allegó muy tarde a las oficinas, ese día, recibió un correo electrónico con un asunto e incluida una alusión insinuada referente a las escasas semanas que le faltaban para jubilarse.

Anita se las ingenió para estar ausente el día que se hacía efectivo el último día para Arturo.

Resultó un poco triste para la comprensiva Begoña a la que le provocó lágrimas ver y escuchar a Arturo preguntar por la jefa, quería despedirse de ella con una mezcla de afecto y profesionalidad, quería estrecharle la mano y agradecerle la confianza prestada en él.

Y tener que omitir Begoña: “Arturo, la jefa no va a venir en todo el día”.

Y él seguramente decir con timidez y torpeza: “Ah..., qué pena, que...ría despedirme de ella”.

Para su compañera fue triste y algo deprimente, ella sabía que la jefa no quería saber nada de él, y hubo de callárselo, también para no herirlo.

Begoña, hubo de acercarse a la puerta del lavabo con lágrimas en los ojos, mientras Arturo aún por allí en sus últimos minutos como empleado que recoge sus pertenencias...Ajeno a la verdadera estrategia de la jefa, Anita.

 

…..continuará